POSITIO SUPER MIRACULIS
NOTAS SOBRE EL CREDITO Y EL DESARROLLO RURAL
Director Ejecutivo
En mis buenos tiempos de estudiante en la Universidad de los Estudios de Roma se decía que el mejor santo era aquel al que lo había procesado el más severo abogado del diablo. En estas breves notas me propongo asumir ese papel en la etapa crucial de un juicio de beatificación al piadoso Crédito Rural, que consiste en poner en duda los milagros (positio super miraculis) que se le dedican a ese misericordioso siervo, que ha sido motivo de tanta devoción en los últimos tiempos, y a quien una creciente y fervorosa comunidad de fieles le han encendido tantas velas y ofrecido tan generosas oraciones.
En realidad les confieso que este asunto me tiene bastante confundido, posiblemente porque como bien indicó don Carlos Cuevas en su reciente exposición, es de por sí confuso hablar al mismo tiempo de crédito y de desarrollo rural. Por este motivo no me atrevo a argumentar o contra-argumentar respecto a la naturaleza y veracidad de tan prodigioso cúmulo de milagros que recientemente se le atribuyen. He preferido asumir en estas notas el estilo ingenuo y tal vez más cómodo de la duda.
PRIMERO:
¿No es que cuando hablamos de desarrollo rural, es indispensable referirse a la equidad social y de género, a la creación de capacidades locales, al apoderamiento de los grupos más deprimidos de la sociedad rural, a la sostenibilidad ambiental, a la generación y acumulación de valor local, a la creación de capital social y humano, a la consolidación de redes institucionales locales, al mejoramiento de las condiciones de vida de la población rural? ¿Por qué en las plegarias que se le ofrecen al piadoso Crédito Rural se escuchan tan poco estos términos?
Eficiencia, sostenibilidad financiera, crédito oportuno, altos costos de transacción, red de distribución crediticia, tasas de mercado, captación de micro ahorro, crédito de libre disponibilidad, riesgo financiero, son los conceptos más escuchados. ¿Es que no hay una relación entre éstos y los anteriores?
En su brillante exégesis sobre crédito y desarrollo rural, don Carlos Cuevas nos advierte sabiamente que no es conveniente convertir al Crédito Rural en la panacea del desarrollo local. Tiene mucha razón. ¿Estará con esto aceptando que para efectos del desarrollo rural no podemos encomendar a San Mercado todas las virtudes de la mejor asignación y uso de los recursos? Y arriesgándose ya de ser acusado de herejía se atreve incluso a sugerir, basado en las recientes indagaciones realizadas por Hulme y Mosley, que para los estratos más pobres de la población rural son necesarios los programas asistenciales, es decir que el crédito no es el redentor de los más pobres. ¿Serán escuchadas sus prédicas en la santa sede de la Cumbre de MIcro Crédito y del C-GAP del Banco Mundial, que han declarado la cruzada contra la pobreza extrema esgrimiendo la espada y la cruz del micro crédito y el micro ahorro? ¿Serán suficientes estas palabras para que las agencias de cooperación internacional acepten, que para el desarrollo rural es necesario mantener e incrementar el flujo de recursos no reembolsables, que tienden a ser sustituidos por recursos crediticios, que bajo el espejismo de su efecto multiplicador y su sostenibilidad financiera se les encomiendan virtudes imposibles? ¡A cada santo su milagro!
SEGUNDO:
¿Por qué ceñirnos tan empecinadamente al crédito y al ahorro cuando hay otros instrumentos financieros complementarios y tan o más eficientes que éstos para apoyar estrategias locales de desarrollo rural? Se ha hablado poco de los arriendos financieros, de las joint ventures , del capital de riesgo, de los avales y fondos de garantías, de los fondos de pensiones, del descuento de facturas y documentos de venta a futuro, de la emisión y transacción de títulos de reforestación, del acceso a las bolsas de productos agropecuarios. ¿No son estos instrumentos, mecanismos idóneos para crear un ambiente financiero favorable para el surgimiento de encadenamientos productivos, de procesos de integración vertical, de innovación tecnológica, de generación y acumulación local, de mejoramiento de las redes de comercialización, de incremento en la transparencia de los mercados y de conservación de los recursos naturales renovables? Y de paso, ¿no favorece esta diversificación de la red de distribución financiera las condiciones de manejo del riesgo?
Es válido preguntarse, ¿cómo acceden los más pobres a los beneficios de estos servicios más sofisticados, si como bien predica don Carlos Cuevas, no acceden siquiera al crédito simple y llano? Pero el surgimiento de sistemas locales de comercialización y procesamiento de productos agrícolas, la creación de empleo agrícola y no agrícola para mujeres y jóvenes, la conformación de mercados más transparentes, la reducción de la erosión de los terrenos, el incremento de la liquidez local, ¿no contribuyen acaso con la reducción de la pobreza rural y la creación de oportunidades?
TERCERO:
En los últimos tiempos algunos impíos detractores que nos hemos atrevido a dudar de tantas bondades y milagros del Crédito Rural, nos hemos atrevido a insistir en que ha llegado el momento de evaluar sus prodigios sobre quienes lo reciben y han adquirido el don de la deuda. Especialmente cuando estos milagros se realizan bajo circunstancias realmente misteriosas, como supuestamente sacar de la pobreza a los pequeños productores cobrándoles tasas de interés del 30 al 35% en dólares. La reacción no se ha hecho esperar: ¡Qué delirio!, se argumenta, ¡cómo aislar las propiedades milagrosas del Crédito, de otros factores mundanos que inciden en la suerte o en la mala suerte de los más humildes! Medir los impactos del Crédito Rural sobre las condiciones de vida y de producción de los grupos más pobres es muy caro -se dice- y los resultados son bastante estériles. Sin duda, hay que prestar oídos a tan enfáticos argumentos, sobre todo cuando se levantan razones de tanto peso revestidas de la inexorable lógica del costo-beneficio. ¿Pero... no habrá en la tierra la forma de evaluar los impactos del acceso a los servicios financieros sobre el desarrollo rural de una forma barata, de tal manera que, efectivamente, los principales beneficiarios de este ejercicio no sean los mismos evaluadores? ¿No será que no se trata de medir impactos y más bien de establecer simples y humildes relaciones de sentido común entre financiamiento y desarrollo rural, como la de que es imposible apoyar la producción rural, la competitividad de la pequeña empresa y la acumulación de capital local, por más oportunas que sea la oferta crediticia, con tasas de interés que rondan las de la usura? ¿No estaremos con la práctica tan en boga de fijar las tasas de interés del Crédito Rural, teniendo como referencia las del prestamista, ante un intento de la formalización, modernización o -para decirlo en mi lenguaje predilecto- beatificación de la usura?
Si desistiéramos de medir el impacto en la relación crédito-desarrollo rural, para lo cual extrañamente hay cada vez mayor reticencia entre los organismos multilaterales, que por cierto, se han caracterizado por quererlo evaluar todo ¿no podríamos por lo menos correr el riesgo de medir la eficiencia de los servicios crediticios bajo el mismo juicio al que se someten los otros mortales? ¿No resulta inusual que para medir el éxito y la eficiencia de los agentes crediticios se recurra únicamente a criterios de sostenibilidad financiera (morosidad, rentabilidad) y no se les someta al dictamen de eficiencia de los otros negocios terrenales, como el de los costos de producción (o en este caso, de transacción) y el precio (o en este caso, la tasa de interés) del producto? ¿Pude aceptarse como doxia incuestionable que el Crédito, no importa cuál sea la tasa de interés, contribuye con el desarrollo, por el simple hecho de ser demandado? Si es esta una conclusión a la que se llega en los distintos fueros internacionales, los fabricantes de aguarardiente podrán ir preparando sus proyectos para presentarlos a la cooperación internacional; con ese indicador se colocarían en los más altos niveles de prioridad.
Si partimos, entonces, de estas otras nociones de sentido común para valorar al Crédito y a sus agentes terrenales, es decir a las entidades financieras que operan en las áreas rurales, se posarían en tan alto estamento celestial, él y algunas instituciones latinoamericanas que ahora se erigen como modelo de éxito, eficiencia y santidad en la promoción del desarrollo? ¿O no sería mejor que, por ahora, duerman el sueño de los justos en el olimpo mítico, como les corresponde, junto con otros héroes épicos, a partir de los cuales se intentaron construir falsos santos y dioses?
Ich dictis, amen